Un Block SoloPorJoder

El hábito de la lectura causa baño cerebral, incluso el de este blog.

8 notes

El no tan curioso caso de la explosión fálica espontánea

Va por delante que lo que leerán a continuación es una historia basada en hechos reales. Lo juro sobre la tumba de madre quien gracias a Dios aún vive.

Resulta que anoche, cumpliendo con una de las rutinas que más disfruto del matrimonio, ver televisión hasta hasta caer en coma, aparece dentro de la tanda comercial una obra de arte, una de las más grandes provocaciones al hombre creadas por la industria publicitaria, el ya famoso comercial de Miss Dior con la espectacular, hermosa y sensualísima Natalie Portman, quien además goza del encanto que genera el enigma de cómo puede haber una mujer judía tan bella.

En fin, no acostumbro ver televisión sin ropa, pero como una medida de alivio ante la ola de este calor húmedo y pegajoso que nos azota, ayer estaba frente a la pantalla chica como Dios me trajo al mundo, desnudo, gritando y bañado en sangre que mantengo en el refrigerador para crisis climáticas como la que menciono.

De pronto cuando había transcurrido unos seis segundos del comercial en cuestión, sentí una súbita bajada de presión sanguínea y se me nubló la vista mientras luchaba por seguir contemplando las imágenes que la T.V. me ofrecía. La sangre bajó desde mi cráneo y subió desde mis pies como un Ferrari de Formula Uno por el circuito de mis venas para llegar a concentrarse de manera abrupta en mi zona púbica, hasta llegar a mi pene, liberando en mi noble miembro una grosera descarga de sangre comprimida, inflándolo como quien ve uno de esos chalecos salvavidas de los aviones.

Antes de perder el conocimiento por unos minutos, alcancé a escuchar el sonido de algo que se quiebra como el de una rama gruesa y seca. Al abrir los ojos me encontré en el suelo, con una montaña de toallas sobre el lugar donde solía estar mi verga y alcancé a ver a mi mujer colgar el teléfono.

—Tranquilo, animal, ya viene la ambulancia— Me dijo.

El escenario era dantesco: trozos de cuerpo cavernoso desperdigados por toda la habitación, sangre chorreando por las paredes, mucha sangre. Tiras de prepucio y pedazos de glande colgando del techo y resbalando por la pantalla de la tele. Para colmo de males y como medida ante el calor previamente mencionado, el ventilador de techo estaba zumbando al máximo en el momento de la explosión y de sus aspas ahora volaban, a toda velocidad y en todas direcciones, los pequeños trocitos de mi pito. Dentro de todo, no dejó de hacerme gracia cuando uno de ellos alcanzó mi ojo derecho.

Total, llegó la ambulancia y dos enfermeros muy profesionales y diligentes, procedieron a recolectar hasta el último trocito de mi pene, lo único que les puedo reprochar es que perdieron tiempo al tener que volver a la ambulancia por una hielera más grande, de acuerdo a la proporción de mi miembro, ya que la llevada originalmente le quedó chica.

Me extrañó mucho que ni durante el momento del estallido vergático ni durante el transcurso a la emergencia sentí dolor alguno, era simplemente como una sensación de vacío y entumecimiento, aunado a toda la pena y vergüenza del mundo.

Ya en la emergencia, me atendió un doctor extremadamente profesional, que para mi fortuna había sido un médico del ejército durante la guerra civil, por lo que estaba acostumbrado a lidiar con el tipo de lesiones que provoca una explosión y a la reconstrucción de miembros.

La intervención no duró más de dos horas y requirió únicamente anestesia local, un poco descarado le pregunté si podía agregarme un par de centímetros de largo, para sacar algo de provecho de tan dramática y singular circunstancia, a lo que el respondió que no, que no había material suficiente y que me diera por servido con el hecho de haber recuperado mi pinga.

Mientras escribía la prescripción de un sin fin de analgésicos y antibióticos que deberé tomar durante un mes, se dirigió a mí sin levantar la vista.

—Y, ¿como se siente señor García?

—Pues fuera del dolor que estoy empezando a sentir, solo muy avergonzado doctor— Contesté.

—¿Avergonzado por qué?

—Pues imagínese, se me reventó la verga viendo un comercial de perfume de Natalie Portman, ¡frente a mi mujer!

Levantó la vista, se bajó las gafas y me dijo:

—No sienta pena en lo absoluto, no tiene idea de la cantidad de señores casados que he atendido con la misma lesión, pero luego de ver el comercial de H&M con David Beckham.

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