El peso de la tinta
Como la mayoría de los niños de su edad, siempre pensó que en la vieja casa de sus abuelos, en la que pasó los mejores años de su vida, debía haber un tesoro escondido. Quizá alguna reliquia maya de jade, por la cercanía del barrio a una zona arqueológica sobre la que ahora hay un enorme centro comercial.
Así, pasaba horas hurgando y excavando en el suelo del patio, del que solo logró sacar un par de pequeñas obsidianas y muchas lombrices. Luego pensó que, quizá detrás de alguno de los viejos libros que emparedaban la casa, pero… tampoco. De pronto, una tarde, cuando estaba por renunciar a su temprana vocación de buscatesoros, la vio, ahí, en la esquina del cuarto de los abuelos, bloqueada a simple vista por la vieja radiola Zenith que él mismo había arruinado hace un par de años… ¡Una losa suelta en el piso! Utilizó una pesada regla de metal como palanca y la levantó, introdujo la mano, y de inmediato identifico la forma de un par de viejos frascos de café; los sacó con cuidado reverencial y, después de mucho esfuerzo logró abrir el primero, en el que encontró el tesoro que buscó tantos años: antiguas cadenas de oro de la abuela, sortijas, esclavas y un par de relojes, envuelto todo en papel de diarios muy antiguos; también encontró algunos fajos de billetes de cien, nunca había visto tanto dinero junto, sus ojos brillaban, el tesoro existía, no en la forma que él lo había imaginado pero allí estaba. Tomó dos billetes para invitar a jugar a sus amigos al “arcade” de la época, a la vuelta de la esquina, pensó que habiendo tantos, los viejitos no se percatarían nunca de la falta de un par de ellos.
Llegó el turno del otro frasco, más apretado aún, más difícil de abrir para la mano de un niño de doce años. Finalmente, la tapa cedió y lo que encontró le pareció tener mucho menos valor que el contenido del anterior. Se trataba de un rollo de carpetas y folios legales, contratos y cosas que consideró bastante aburridas, total, el “arcade” y los amigos lo esperaban… de pronto, al devolver las carpetas al interior del frasco de vidrio, la palabra ADOPCIÓN, grabada en la portada de una de ellas llamó su atención y procedió a leer ese documento. El tiempo pasó muy despacio… durante la lectura, olvidó los billetes, el tesoro, los amigos…. En dicho documento, elaborado por el abogado de la familia, compadre de su abuelo, en ese papel, venía envuelta la sorpresa más grande que se había llevado en su corta vida: su madre había sido adoptada por sus abuelos, por ese par de viejitos que tanto amaba y veneraba. Terminó la lectura dejó todo como lo encontró y se limitó a pensar y preguntarse por qué no se lo habían dicho nunca.
Esa tarde fue extrañado por sus amigos, prefirió pasarla pensando en su habitación, al fondo del corredor de la casa. Esperó a su abuelo para comer con él, cenó callado y se fue a la cama sin hacer preguntas. Pensó que no iba a poder dormir bien, pero en lugar de ello cayó al abismo del sueño mucho antes que de costumbre.
En la madrugada, como todos los días, su abuelo lo despertó a las 4:30 para que le sostuviera la lámpara mientras él limpiaba el carburador de aquel viejo Volvo que siempre tenía una avería para reparar. Poné atención, le decía a diario, no seas “huevón”, esto te va a servir cuando seas hombre. Mientras tanto, él sostenía la linterna pensando cómo abordar el tema. Esta madrugada era diferente, estaba bien despierto, no semidormido, de pie, sirviéndole de asistente al viejo, así que decidió soltar la pregunta sin más, esperando la reacción de aquel viejo recio y flaco, de rostro curtido y severo pero de mirada amorosa:
–Abuelito,
- ¿Si, mijo?
-¿Mi mamá es adoptada?
–Si, ¿cómo sabés?
–Encontré los papeles en el frasco en tu cuarto.
–Tu madre lo sabe desde que es pequeña– contestó el abuelo.
La pregunta que tanto temía hacer apenas logró atravesar el bulto de angustia que tenía en la garganta:
–Entonces, ¿ustedes no son mis abuelos?
El viejo, su héroe eterno, se quitó los lentes, dejó el carburador a un lado, lo tomó de los hombros y contestó:
-Mijo, la tinta pesa más que el semen.